Por Hilario Ramírez
Siempre se ha manifestado el concepto socioeconómico de “tierra de las oportunidades” como un lenguaje subliminal utilizado para identificar, en el imaginario colectivo, a los Estados Unidos de Norteamérica.
Mi maestro de Historia Política, cuyo apellido era santificado y cuyo nombre parecía el de un profeta, una mañana, en un aula de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), subrayó una reflexión que aún permanece en mi memoria: “Quien se conduce en la vida bajo el amparo de las excusas ya ha dado a conocer su estancada meta”.
El sarcasmo expresado por algunos gestores de los períodos de gobierno en la República Dominicana deja entrever intenciones corruptibles cuando deterioran la economía de la nación mediante excusas y comparaciones con países desarrollados, como Estados Unidos o los países de Europa.
Sería como justificar las grandes huellas dejadas por las pisadas de un elefante, alegando que no son los únicos responsables del deterioro porque también intervienen las hormigas, cuyas huellas resultan prácticamente inapreciables.
La ineptitud de oportunistas que, mediante el poder electoral conseguido al manipular la anemia cerebral de las masas, prometen oportunidades de empleo a sabiendas de la enorme desigualdad existente entre el esfuerzo laboral y la remuneración salarial, termina traduciéndose en explotación.
Esto contrasta con aquellas oportunidades que encuentran quienes, por la divina suerte de llegar a suelo norteamericano, deben “pasar trabajos”, expresión que también puede ser entendida como sinónimo de vicisitudes.
Dicho razonamiento pretende crear conciencia sobre la diferencia entre usted nadar contra la corriente, soñando con llevar a su familia hacia el bienestar, mientras sus ingresos resultan insuficientes incluso para costear la alimentación, y el aparente proceso de tropiezos y humillaciones que enfrentan las personas recién llegadas a una nación donde la moneda de curso legal representa mayores posibilidades de progreso socioeconómico.
Cuando alguien decide trazar una meta encaminada a ascender de estatus social, suele concentrarse en medir el tiempo dedicado a sus faenas y reducir sus horas de recreo, olvidando observar el proceder y el discurso de quienes decidieron no sudar mediante la fuerza laboral porque utilizan la retórica para manipular a quienes sí se esfuerzan, apropiándose de sus sueños y de su sudor.
Si te mueves por la vida soñando despierto mientras los vividores duermen sobre fortunas amasadas con aquello que te roban, esa distracción ingenua puede mantenerte esclavizado, aunque logres viajar a una nación de inmensas oportunidades.
Para un latino en su tierra natal cabe aquel refrán: “La vida del cochero: por mucho que arreé, la noche lo sorprende”.
Distinto es el contexto para otro latino en el extranjero, donde la moneda de curso legal sea el euro o el dólar.
Por grandes que sean las dificultades, al final de la jornada puede disfrutar de una noche agraciada con suficiente sustento para cubrir sus necesidades y, eventualmente, generar algún ahorro.
Esta última realidad incrementa cada día la alternativa de vida para muchos latinos desconfiados de sus gobernantes ante el desvío de los fondos públicos, quienes optan por abandonar sus países en busca de oportunidades más dignas de crecimiento y progreso.
La idea central queda más definida: no toda vicisitud tiene el mismo significado; una dificultad enfrentada dentro de un sistema que ofrece posibilidades de progreso puede ser muy distinta de una dificultad producida por la explotación y la falta de oportunidades.
