Hay personas a quienes les resulta más fácil desacreditar el trabajo ajeno que reconocer los logros de los demás. Recientemente, alguien, aparentemente incómodo con nuestra trayectoria, afirmó que los nueve años durante los cuales estuve al frente de la Asociación Nacional de Pilotos (ANP) podían resumirse en apenas tres folders.
Pues bien, acepto el desafío. Vamos a abrir esos tres folders y recordar algunas de las cosas que contienen, porque la historia no se borra con comentarios malintencionados ni con la mezquindad de quienes prefieren destruir antes que construir.
Cuando asumimos la dirección de la ANP, encontramos una institución que prácticamente existía solo de nombre. La recibimos, literalmente, en una caja de zapatos, junto con un archivo de dos gavetas llenas de papeles de escaso valor administrativo. No tenía cuenta bancaria ni fondos propios: los únicos cinco mil pesos disponibles provenían del pago que hicimos los cinco miembros por el derecho a participar en el proceso electoral. El traspaso informal de lo poco que nos entregaron se realizó en la rampa del antiguo Aeropuerto de Herrera y estuvo a cargo del directivo saliente Sócrates Gómez.
La directiva con la que competíamos se retiró del proceso y nosotros asumimos la responsabilidad de levantar un gremio que carecía de estructura, recursos y presencia institucional.
No había oficina, cuenta bancaria ni una organización jurídicamente estructurada como correspondía. Apenas existía un decreto de incorporación. Esa era la realidad de la ANP que recibimos, aunque algunos hoy pretendan contar una historia diferente.
El primer folder: levantar una institución desde prácticamente nada
Una de nuestras primeras decisiones fue conseguir una oficina en la calle F, número 29, del sector San Gerónimo, frente a la antigua terminal del Aeropuerto de Herrera. Allí contratamos una secretaria, instalamos un teléfono y comenzamos a ofrecer servicios a los pilotos aviadores dominicanos.
No fue un regalo de nadie ni una conquista caída del cielo. Fue el resultado del esfuerzo, la voluntad y la convicción de que los pilotos dominicanos merecían una organización digna, capaz de representarlos y defender sus intereses profesionales.
En aquellos tiempos, la ANP había conseguido representación ante la Junta de Aviación Civil (JAC), pero mediante un decreto y no a través de la Ley 505 sobre Aviación Civil, como entendíamos que debía establecerse. Aquella representación constituía una conquista institucional que necesitaba fortalecerse jurídicamente.
Como representante del gremio ante la JAC, recibía una dieta de tres mil pesos por sesión, generalmente por dos reuniones mensuales. Ese dinero nunca lo consideré un beneficio personal. Lo entregaba a la directiva para contribuir al pago de la secretaria, el teléfono y otros gastos operativos de la asociación.
Conviene recordar que, cuando asumimos, apenas cinco miembros estaban activos y la cuota era de cien pesos. Con semejantes recursos, mantener funcionando una asociación constituía un verdadero desafío.
Sin embargo, comenzamos a construir una estructura administrativa que permitiera ofrecer servicios y devolverles a los pilotos la confianza en su organización.
El segundo folder: una oficina construida con esfuerzo y posteriormente entregada a terceros
Cuando las operaciones del Aeropuerto Internacional de Herrera fueron trasladadas al Aeropuerto Internacional Joaquín Balaguer, conseguimos un pequeño espacio para establecer las nuevas instalaciones de la ANP.
Durante la gestión de Andrés Van Der Horst en el Departamento Aeroportuario, obtuvimos un aporte de RD$100,000, al que sumamos RD$40,000 provenientes de las cuotas de los pilotos. Con esos recursos acondicionamos una oficina equipada con dos computadoras, una para la secretaria y otra al servicio de los miembros, además de un fax, mobiliario y otros equipos necesarios para su funcionamiento.
La instrucción era sencilla: atender a todos los pilotos aviadores que necesitaran ayuda, sin distinciones personales ni preferencias de grupos.
Aquella oficina representaba mucho más que cuatro paredes. Era el símbolo de una asociación que comenzaba a recuperar su dignidad institucional y a construir un patrimonio para beneficio de sus miembros.
Mediante una asamblea debidamente constituida, decidimos bautizarla con el nombre del capitán piloto don Luis Polanco, como reconocimiento a su trayectoria y sus aportes a la aviación dominicana.
Sin embargo, años después, otra directiva entregó ese espacio a un empresario aeronáutico sin que, según nuestro conocimiento, se convocara la asamblea que debía autorizar semejante decisión.
Aquí surge una pregunta que todavía merece respuesta: ¿con qué autoridad puede una directiva disponer de un patrimonio construido con recursos del gremio sin consultar a sus verdaderos propietarios, que son los miembros de la asociación?
No se trata de un asunto personal. Se trata del respeto a los estatutos, a la institucionalidad y al dinero aportado por los pilotos aviadores.
Algo similar ocurrió con el cambio del logotipo de la ANP, una decisión que, hasta donde conocemos, tampoco fue sometida a la aprobación de una asamblea.
Una asociación profesional no puede administrarse como una propiedad privada, ni sus directivos actuar como si estuvieran por encima de las reglas que juraron respetar.
Quienes ocupan posiciones de dirección deben comprender que administran bienes e intereses colectivos, no patrimonios personales sobre los cuales puedan decidir a su antojo.
El tercer folder: historia, identidad y reconocimiento a nuestros pilotos
Durante nuestra gestión también trabajamos para rescatar, preservar y difundir la historia de la aviación dominicana.
Impulsamos el reconocimiento de Zoilo Hermógenes García, nacido en La Vega, precursor de nuestra aviación, primer piloto aviador dominicano y diseñador del Poliplano, considerado el primer avión de diseño nacional.
Entendíamos que una asociación de pilotos que desconoce su propia historia pierde una parte esencial de su identidad. No podíamos hablar del futuro de nuestra aviación mientras permanecían en el olvido quienes habían contribuido a construir sus cimientos.
También promovimos la declaración del 21 de diciembre como Día Nacional del Piloto Aviador, así como iniciativas relacionadas con un matasellos y un sello postal conmemorativo del centenario de la aviación dominicana.
Estos esfuerzos no fueron simples actividades protocolares. Representaron una lucha por colocar a los pilotos y a los pioneros de nuestra aviación en el lugar que merecen dentro de la memoria nacional.
Lamentablemente, cuando llegaron algunos de esos reconocimientos, ya habíamos dejado la dirección de la ANP y ni siquiera recibimos una invitación para participar en las actividades vinculadas con iniciativas que habíamos impulsado.
No necesitábamos una placa ni una ceremonia para sentirnos satisfechos. Sin embargo, reconocer el trabajo de quienes contribuyeron a una conquista institucional constituye una muestra elemental de respeto, gratitud y madurez gremial.
Las instituciones crecen cuando reconocen su historia, no cuando pretenden comenzar de nuevo cada vez que cambia una directiva.
La transparencia también forma parte de esos folders
Hay otro aspecto que algunos parecen olvidar deliberadamente: durante nuestros nueve años de gestión establecimos la práctica de rendir cuentas anualmente sobre los ingresos y egresos de la asociación.
Fuimos más lejos. Solicitamos al Colegio de Contadores de la República Dominicana la designación de un auditor para examinar las operaciones financieras correspondientes a cada año.
Las auditorías identificaban errores administrativos que debían corregirse, pero, según los resultados que recibimos, nunca establecieron faltantes de recursos atribuibles a apropiaciones indebidas.
Esa es una diferencia fundamental entre administrar una institución mediante controles y pretender sustituir los documentos por rumores, insinuaciones o ataques personales.
Quien tenga pruebas de alguna irregularidad debe presentarlas. Las acusaciones sin sustento no pueden convertirse en herramientas para destruir reputaciones ni desacreditar el trabajo realizado durante años.
Y si alguien considera que nuestra gestión fue insignificante, lo invito a comparar los informes financieros, las actas de asamblea, las conquistas institucionales y el patrimonio recibido y entregado durante cada administración.
Los documentos hablan, las cifras permiten comparar y las actas conservan decisiones que algunos preferirían olvidar.
La ANP no puede ser rehén de intereses particulares
Lo preocupante no es que alguien intente minimizar nuestros nueve años de trabajo. Lo verdaderamente preocupante es el silencio que puede imponerse dentro de una organización cuando sus miembros dejan de exigir explicaciones a quienes los representan.
Los gremios no nacieron para satisfacer egos, alimentar rivalidades ni convertirse en instrumentos de pequeños grupos. Existen para defender derechos, fortalecer la profesión y garantizar que sus integrantes tengan una voz independiente frente a las autoridades.
La ANP necesita institucionalidad, democracia interna, rendición de cuentas y dirigentes capaces de comprender que los cargos son pasajeros, mientras que las instituciones deben permanecer.
Ningún presidente es dueño de una asociación. Ninguna directiva tiene derecho a disponer arbitrariamente de sus bienes. Y ningún miembro debería guardar silencio cuando considera que se vulneran los estatutos.
La crítica a una gestión no debe interpretarse como un ataque a la institución. Por el contrario, exigir transparencia, explicaciones y respeto a las normas constituye una forma legítima de defenderla.
Una asociación que pierde su independencia, su memoria y el respeto por sus propios estatutos corre el riesgo de convertirse en una estructura al servicio de intereses particulares, muy lejos de los propósitos para los cuales fue creada.
Tres folders que pesan más que muchas palabras
A quien afirmó que mi paso por la Asociación Nacional de Pilotos cabe en tres folders, quiero decirle que posiblemente tenga razón en algo: los documentos pueden guardarse en tres carpetas. Lo que no puede encerrarse en ellas es el esfuerzo, el sacrificio, el tiempo y las conquistas alcanzadas durante nueve años de trabajo.
Tampoco pueden guardarse en tres folders las horas dedicadas a defender a los pilotos, las gestiones ante las instituciones públicas ni la satisfacción de haber contribuido a levantar una asociación que recibimos prácticamente desmantelada.
No pretendo que todos compartan mi visión ni que aplaudan mi trayectoria. La crítica es legítima, necesaria y saludable. Lo que no acepto es que se intente reescribir la historia mediante descalificaciones personales.
A diferencia de quienes prefieren el ataque, yo prefiero los documentos, las fechas, las actas y los resultados.
Y que nadie se confunda: lo expuesto aquí es apenas una pincelada de lo que hicimos durante nuestra gestión. No hemos hablado todavía de muchas otras iniciativas, gestiones y luchas desarrolladas en defensa de los pilotos aviadores dominicanos.
Todavía quedan muchas páginas por abrir de esos tres folders. En próximas entregas continuaremos contando esa historia, porque la memoria institucional no puede quedar a merced de quienes pretenden borrarla.
La historia de la ANP no pertenece a una directiva, a un presidente ni a un grupo particular. Pertenece a todos los pilotos aviadores dominicanos.
Y esa historia merece ser contada completa, con documentos, hechos y resultados, aunque a algunos les incomode.
