Por Hilario Ramírez
El avance de las tecnologías ha traído consigo la preocupante inteligencia artificial, mejor conocida por sus siglas IA.
Esta, mediante una abultada programación de algoritmos, posee la capacidad de crear réplicas de cosas que pueden resultar favorables o perjudiciales tanto para la biodiversidad como para el ser humano.
Antes de que la inteligencia artificial llegara al mundo de la informática, las industrias fabricantes de pinturas ya lograban combinar pigmentos para obtener como resultado nuevos colores que posteriormente eran incorporados a sus respectivas cartas de tonalidades.
Tan pronto entra en escena esta inteligencia tecnológica, cada día trae consigo una impresionante sorpresa en materia de creatividad.
Los medios de comunicación registran quejas de ciudadanos consumidores de bebidas alcohólicas que denuncian la presencia en el mercado de licores con sabores similares a los de una Mamajuana.
Ese dato da al traste con la deducción de que algunos fabricantes de bebidas alcohólicas podrían acudir al apoyo de la inteligencia artificial para reproducir el sabor o el aroma característico de una bebida que forma parte de la tradición dominicana.
La Mamajuana surgió como una bebida preparada en botella con raíces y elementos vegetales de origen silvestre, algunos de los cuales tradicionalmente han sido asociados con usos medicinales.
Con el tiempo, los consumidores descubrieron que esas raíces, maceradas inicialmente con bebidas alcohólicas de diferentes tipos, podían utilizarse posteriormente para incorporar otros licores, como el whisky, hasta obtener una bebida de sabor particular, a la que incluso se le atribuyen propiedades afrodisíacas.
Hubo una época en la que tan solo pronunciar la palabra «copias» alertaba los intereses económicos de quienes veían amenazadas sus empresas musicales.
Así ocurrió durante la época de las cintas de casete y, posteriormente, de los CD, cuando la reproducción no autorizada de contenidos representaba un serio desafío para la industria.
Otra época llegó cuando las personas con limitaciones económicas, vinculadas a sus hábitos alimentarios y a la necesidad de reducir el costo de determinadas bebidas, buscaban alternativas que garantizaran un producto con apariencia y sabor semejantes a los jugos naturales de frutas.
Entonces, un estudio de mercadotecnia descubrió una solución.
Los empresarios vinculados a las cadenas comerciales de productos agradables al paladar acudieron a los avances tecnológicos para imitar sabores de frutas mediante distintos sobres de polvos solubles en agua.
De esta manera, lograron obtener bebidas refrescantes adaptadas a las preferencias del consumidor, tanto por su color como por el sabor de la fruta solicitada.
Productos como los recordados Sweety, seguidos por Tang y, posteriormente, los jugos Jag, adornaban las mesas familiares y los tradicionales picnics.
Sin embargo, la falsificación o imitación de sabores ha llegado tan lejos que hoy una botella sin raíces de árboles puede contener, mediante la ingeniería de sus componentes, una percepción de sabor semejante a la de las tradicionales Mamajuanas.
Tomando en cuenta que las tecnologías informáticas avanzadas, impulsadas por el ingrediente de la inteligencia artificial, cada vez se mueven con mayor rapidez hacia la reproducción artificial de experiencias humanas, cabe preguntarse hasta dónde llegará esta capacidad de imitación.
Si la tecnología continúa avanzando al servicio de un consumismo empresarial que muchas veces busca sustituir lo natural por lo sintético, llegará el momento en que el mundo podría despertar frente a una nueva realidad: una pareja sentimental también podría ser creada artificialmente.
Entonces, la pregunta ya no será solamente qué sabor puede copiar la inteligencia artificial, sino qué parte de nuestra propia humanidad estaremos dispuestos a sustituir por una réplica tecnológica.
