Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Pareciera que algunos jóvenes no tienen cerebro, que su mente no les genera una reflexión antes de hablar o actuar, como si sus palabras y sus acciones no tuvieran consecuencias.
¿Qué pasa por la cabeza de estos muchachos? ¿Cómo podemos evaluar un comportamiento donde no se piensa, no se escucha, no se mide y mucho menos se considera el daño que se puede causar?
Son jóvenes que amenazan, maltratan y desafían hasta a sus propias familias. Y ahora, aunque en mínima expresión, vemos amenazas que llegan hasta la figura de un presidente.
¿En qué momento se perdió el respeto? ¿Dónde quedó la capacidad de razonar, de escuchar y de entender que no todo lo que se piensa se dice, ni todo lo que se siente se convierte en una acción?
La lengua no tiene huesos, pero puede destruir, herir y provocar consecuencias que después no hay manera de reparar.
Insisto: ¿qué está pasando con nuestros jóvenes?
No podemos justificarlo todo diciendo que son jóvenes. La juventud no puede convertirse en una excusa para la violencia, la falta de respeto ni la ausencia de límites.
Porque cuando una persona habla sin pensar, amenaza sin medir y actúa sin detenerse, el problema no está solamente en lo que dice, sino en lo que ha dejado de aprender.
Y lo más preocupante no es que hablen sin pensar, sino que algunos parecen no temerle a las consecuencias de lo que hacen.
