Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
La ley muchas veces es tan cruel con un sector, mientras con otro parece ser tan complaciente. La misma ley que condena a una parte de la sociedad es la misma que, en ocasiones, termina convirtiéndose en cómplice de otros sectores mediante la impunidad o la falta de consecuencias proporcionales.
Hoy, el caso Jet Set vuelve una vez más a los tribunales. Una sociedad entera espera que la ley sea ejecutada de la misma manera en que se aplica a la gente pobre, sin privilegios, sin influencias y sin distinciones.
La población espera que la justicia actúe con la misma firmeza y drasticidad con la que se condena a quienes, por cometer un crimen, reciben las penas más severas establecidas por la ley. Porque la justicia no debe tener categorías sociales, económicas ni políticas; debe ser igual para todos.
Cuando una tragedia deja cientos de familias marcadas por el dolor, la sociedad observa atentamente cada paso del proceso judicial. No busca venganza, sino una respuesta que demuestre que la vida humana tiene valor y que las responsabilidades serán determinadas sin importar el poder económico o la posición social de los involucrados.
La verdadera fortaleza de la justicia no se mide por la severidad con que castiga a los más vulnerables, sino por su capacidad de actuar con la misma firmeza frente a quienes tienen recursos, influencia o poder.
Porque una ley que es dura solo para unos y complaciente para otros deja de ser justicia para convertirse en desigualdad.
