Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Resulta paradójico, pero el peligro parece haberse convertido en el combustible de la sociedad. Lo que antes despertaba prudencia, hoy genera curiosidad; lo que debía evitarse, ahora se busca; y lo que representa una amenaza, para muchos es sinónimo de emoción.
El peligro, en lugar de convertirse en una advertencia para el ser humano, se ha transformado en una motivación.
Vivimos en una época en la que el riesgo alimenta el entretenimiento, las redes sociales, la ambición y, en ocasiones, hasta la economía. Hay quienes necesitan desafiar los límites para sentirse vivos, otros convierten el peligro en un espectáculo y no faltan quienes obtienen poder o beneficios de él.
La tragedia vende. El conflicto atrae. La imprudencia se aplaude. Poco a poco hemos normalizado convivir con situaciones que ponen en riesgo la vida, como si el peligro fuera parte indispensable de nuestra existencia.
El ser humano ha aprendido a desafiar el peligro como si fuera un juego. Mide fuerzas con él creyéndose invencible, sin pensar que un solo error puede cambiar una vida para siempre.
El peligro se ha convertido en una dosis de adrenalina que hace sentir a muchos fuertes, intocables e inmortales. Pero la realidad siempre termina imponiéndose: el peligro no distingue edades, posiciones sociales ni poder. Tarde o temprano cobra un precio.
Quizá el verdadero desafío no sea enfrentar el peligro, sino aprender a vivir con responsabilidad en una sociedad que, demasiadas veces, confunde la valentía con la imprudencia.
