Por Hilario Ramirez
Anoche, precisamente, sostuve una charla respecto al estilo de interpretación en el canto de «Dalvin La melodía».
Es un estilo artístico tan distorsionado en materia de partituras vinculadas con las notas y el ritmo musical, que su trayectoria pretendida podría caer tan pronto como la decisión de derrumbar su exitoso vínculo familiar.
Hay en las redes sociales una reflexión referente a la supuesta pobreza cerebral de Santiago Matías cada vez que recuerda sus ínfulas, asociándolas al cúmulo de recursos económicos que ha logrado. Alguien le recuerda que tener dinero no es sinónimo de éxito si ni siquiera puede compartir el espíritu del amor junto a los suyos.
El dinero que aportan los patrocinadores al joven y la arrogancia que algunos perciben en él parecen elevarlo a un globo lleno de burbujas que lo distrae de las normas artísticas de la música y de la necesidad de una voz educada para alcanzar armonía y coherencia en la interpretación.
Sus canciones, escritas específicamente para él, evocan un referente religioso y doctrinal, con un corte místico parecido al de una misa dedicada a los fieles difuntos.
Su tono de voz y su acento melódico podrían permitirle avanzar si estuviera acompañado por una asesoría adecuada.
Ha caído, según esta interpretación, en la trampa de la explotación del empresariado musical y, de manera equivocada, ya empieza a comportarse como si fuera el protagonista del Titanic.
Si ese pupilo del canto continúa escuchando a personas como esa dama, a quien algunos califican despectivamente en las redes sociales, tendrá que retornar a las labores de sobrevivencia.
Amelia Alcántara ha dado a conocer aspectos de su mundo emocional y su deseo de capitalizar mediante views y likes.
Solamente bastó con que las personas que observan ese video poseyeran la capacidad de acudir al ejercicio consciente de la observación, mediante el recurso «la escucha» de las confesiones manifestadas por alguien.
La escucha activa es la habilidad consciente de prestar total atención a otra persona para comprender su mensaje y sus emociones, en lugar de limitarse simplemente a oír.
Seguir a determinadas figuras por la apariencia de sus recursos económicos, sin detenerse a considerar el contenido de sus mensajes, puede llevar a otorgar importancia al dinero y a la vestimenta sin analizar el origen de aquello que se exhibe.
En medio de la abundancia de contenidos publicados por los denominados influencers, también puede aprovecharse algún aspecto para fines de estudio psicológico y social.
Circula en las redes sociales un video de una discusión entre una influencer y el popular Cristian Casablanca.
En dicho intercambio, él le habría recordado a la dama: «Fuiste mujer mía durante tantos meses, pero nunca salí a publicarlo ni tampoco hablé mal de ti».
También cuestionó que su entrada a los medios no se debiera, según su versión, a méritos relacionados con esfuerzos académicos.
Este tipo de afirmaciones permite observar cómo determinadas experiencias personales pueden terminar convirtiéndose en contenido público y, al mismo tiempo, desnudan aspectos de las relaciones humanas que normalmente permanecen en el ámbito privado.
La exposición pública de las emociones, cuando se transforma en espectáculo, merece ser observada con sentido crítico: no solamente por aquello que se dice, sino también por las motivaciones, consecuencias y aprendizajes que puede generar en quienes consumen ese contenido.
