Por: Marisela Gutiérrez
Es profundamente preocupante ver cómo, en República Dominicana, un sector de la música urbana ha convertido los *antivalores en bandera*, y lo más alarmante: ha comenzado a ocupar espacios educativos para grabar contenidos cargados de vulgaridad, violencia y degradación moral.
No se trata solo de letras explícitas o de ritmos provocativos. Se trata de un *discurso sistemático* que inspira a la juventud a creer que la única forma de ser notado es actuando sin respeto, sin valores, sin rumbo. Que el éxito se mide por el caos que generan, no por el aporte que dejan.
Y mientras esto ocurre, *las autoridades guardan silencio*. Silencio que se convierte en complicidad. Silencio que demuestra que no están preparados para actuar, ni comprometidos con fomentar un contenido que construya, eduque y eleve.
La falta de un régimen de consecuencias ha creado una generación que ve en la vulgaridad una forma de poder.
*La educación no puede ceder terreno al entretenimiento destructivo.*
No se puede justificar lo injustificable, ni callar por miedo a la crítica.
