Por Hilario Ramírez
La inteligencia emocional abarca diversas aristas sociológicas, conforme a sus respectivas manifestaciones culturales.
Dentro de una cultura se destacan expresiones como la creencia religiosa que, al ser contrastada con otras costumbres, nos permite advertir la presencia de aspectos paradójicos.
En esa línea de apreciación, resulta fácil observar cómo algunas personas que alardean de profesar el ateísmo buscan la atención colectiva, vociferando: «Yo no creo en un Dios que contribuya a propagar el dolor de los más débiles».
En medio de su necia confesión antirreligiosa, aquel que se ufana de expresar que no tiene fe en una fuerza superior actúa con insensatez al dejarse conquistar, con entrega servil, por órdenes de fuerzas inferiores infiltradas en partidos mayoritarios, pero convertidos en serviles emisarios de grandes intereses.
Juran no creer en Dios. Sin embargo, a ojos cerrados entregan su fe, confianza y credulidad a funcionarios gubernamentales corruptos que, valiéndose de un poder legitimado por el voto popular, con ingratitud y burla se apropian del patrimonio de esa misma masa votante.
Ante esa extraña actitud de los ciudadanos, se castigan los buenos valores y se aplauden los antivalores; verbigracia, las actividades del crimen organizado, encargado de financiar a candidatos que luego representan sus intereses.
Si alguien pudiera despertar su interés por investigar el margen creciente entre la voluntad de expresar solidaridad con el necesitado de caridad cristiana y la reacción motivadora de brindar apoyo a una persona dependiente de algún vicio, descubriría una preocupante contradicción: este último puede llegar a acumular mayor recaudación.
Porque, a pesar de que muchos académicos suelen revelar su animadversión hacia las personas con hábitos delictivos, cuando estas solicitan dinero mediante actividades pedigüeñas, llegan a sus casas con considerables recursos.
En cambio, aquel desamparado que pide ayuda para comprar el tratamiento médico de un pariente enfermo no consigue, en ocasiones, ni siquiera lo suficiente para adquirir medicamentos genéricos.
La verdadera inteligencia emocional debería conducirnos a reconocer esta contradicción social: no basta con declarar principios, profesar creencias o defender determinadas posiciones ideológicas. También es necesario que nuestras acciones guarden coherencia con los valores que decimos sostener.
De lo contrario, la inteligencia emocional termina convertida en un discurso vacío, incapaz de distinguir entre la solidaridad que alivia una necesidad legítima y la complicidad que termina fortaleciendo conductas perjudiciales para la sociedad.
