Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
Parecería difícil, pero no imposible, que un ser humano pueda cerrar las heridas que ha experimentado a través del tiempo.
Hay heridas que dejan cicatrices que parecen imborrables. Algunas nacen de una traición, de una pérdida, de un abandono, de palabras que nunca debieron decirse o de personas que nos hicieron daño. Y aunque esas cicatrices permanezcan, llega un momento en que deben ser sanadas.
Nadie puede ser verdaderamente feliz mientras mantiene una herida abierta.
Cuando vivimos recordando constantemente aquello que nos lastimó, terminamos convirtiendo el pasado en nuestro presente. Y mientras sigamos mirando hacia atrás, difícilmente podremos darle paso a la felicidad y mucho menos construir un futuro diferente.
Las heridas no nos permiten mirar hacia adelante. Muchas veces nos paralizan en un terreno donde solo existen el rencor, la infelicidad, el odio y hasta el egoísmo.
Pero sanar no significa olvidar. Tampoco significa justificar a quien nos hizo daño. Sanar significa entender que no podemos seguir entregándole a una persona, a una situación o a un momento del pasado el poder de decidir cómo viviremos el resto de nuestra vida.
Hay que aprender a soltar.
Cerrar una herida no significa que la cicatriz desaparecerá; significa que, cuando la miremos, ya no sentiremos el mismo dolor.
El pasado no puede cambiarse, pero sí podemos decidir cuánto espacio seguirá ocupando en nuestra vida.
A veces, para volver a ser felices, no necesitamos que alguien nos pida perdón. Necesitamos perdonarnos nosotros mismos por haber permitido que el dolor nos robara demasiado tiempo.
La vida continúa.
Y mientras exista vida, siempre habrá una oportunidad para sanar, comenzar de nuevo y mirar hacia adelante.
Porque ninguna herida merece convertirse en una condena para toda la vida.
