Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, lescribo para que despierten.
Escucho a las personas pedirle siempre a Dios: “Señor, dame un día más de vida”. Y cada vez que lo escucho, me hago la misma pregunta: ¿será realmente un día más o será un día menos?
La respuesta quizás parezca contradictoria, pero cada día que vivimos es ambas cosas a la vez.
Es un día más de experiencia que agregamos a nuestra historia personal, una oportunidad que se nos concede para seguir aprendiendo, amando, sonriendo, compartiendo y dejando huellas.
Pero también es un día menos en el tiempo que nos queda por delante.
Cada amanecer que celebramos es una nueva oportunidad, pero también una página menos en ese libro que llamamos vida. El reloj no se detiene, aunque nosotros muchas veces actuemos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Un día menos debería recordarnos que la vida es limitada. Que el tiempo no se guarda para después. Que hay palabras que debemos decir, abrazos que debemos dar, perdones que debemos conceder y sueños que no deberían quedarse eternamente esperando.
Porque muchas veces vivimos preocupados por lo que tendremos mañana y olvidamos agradecer lo que tenemos hoy.
Decimos: “Mañana lo hago”, “mañana lo llamo”, “mañana le digo que lo quiero”, “mañana comienzo”. Y mientras seguimos dejando todo para mañana, la vida continúa descontando días de nuestra cuenta.
Por eso, quizás la pregunta no debería ser si es un día más o un día menos.
La verdadera pregunta es: ¿qué estamos haciendo con este día que todavía tenemos?
Porque cuando llegue el último día, ya no importará cuántos años vivimos, sino cuánto fuimos capaces de vivir dentro de esos años.
Así que cuando le pidamos a Dios un día más de vida, no lo hagamos simplemente para acumular días.
Pidámoslo para aprovecharlo.
Para amar más.
Para perdonar.
Para abrazar.
Para agradecer.
Para corregir nuestros errores.
Para hacer el bien.
Para vivir.
Porque cada amanecer trae un regalo, pero también una advertencia: hoy tenemos un día más para vivir, pero también un día menos para desperdiciar.
Y quizás esa sea la verdadera cuenta de la vida: no contamos los días que tenemos; contamos los días que nos quedan.
