Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Estar desnuda podría decirse que es tener el cuerpo al descubierto. Sin ropa, sin nada que esconda lo que somos.
Pero también existe otra forma de desnudez: la del alma.
Estar desnuda es atreverse a ser una persona sincera, honesta y leal; alguien que no necesita disfraces para agradar ni palabras bonitas para esconder lo que realmente piensa.
Porque cuando una persona se desnuda de sus máscaras, comienza a sentirse más segura.
No porque todos vayan a aceptar su verdad, sino porque ya no tiene que vivir fingiendo.
Hay quienes se visten de bondad para esconder su maldad. Se cubren de sonrisas mientras cargan intenciones oscuras. Hablan de honestidad, pero viven de mentiras. Se muestran fuertes, cuando por dentro están llenos de inseguridades.
Yo prefiero la desnudez de quien puede mirarte de frente y decirte lo que siente, aunque incomode.
Porque la verdad puede doler, puede molestar y hasta puede hacer que algunos se alejen, pero tiene una virtud que ninguna mentira posee: no necesita memoria para sostenerse.
Desnudarse no siempre significa quitarse la ropa.
A veces significa quitarse el orgullo, el ego, la hipocresía, el miedo y todas esas capas que construimos para que nadie descubra quiénes somos realmente.
Y cuando finalmente te desnudas de todo eso, descubres algo:
Que la persona que se atreve a mostrarse tal como es puede perder personas, pero nunca se pierde a sí misma.
Porque la verdad no siempre te hace sentir cómoda.
Pero vivir escondida detrás de una mentira te hace esclava de ella.
