Por Hilario Ramirez
Los algoritmos de las redes sociales generan ansiedad al diseñar sistemas de recompensa impredecibles y mostrar contenidos polarizantes o ideales irreales que estimulan el miedo y la comparación constante.
Funcionan de manera similar a una máquina tragamonedas: a veces premian tus publicaciones y orientaciones, y otras veces no.
Esa incertidumbre engancha la atención y eleva la tensión mental.
Burbujas de conflicto: los algoritmos priorizan las polémicas y controversias porque generan más clics, distorsionando nuestra visión del mundo y haciéndonos sentir que los problemas son mucho más grandes de lo que realmente son.
A partir de esos patrones de manipulación virtual se proyectan personas ociosas que buscan monetizar la creación de contenidos.
La mente de los adictos a la viralidad en las redes sociales parece preferir publicar la irracionalidad antes que detener una muerte llamando a Emergencias.
La gente se muestra deshumanizada cuando las circunstancias conflictivas se transforman en actos violentos y estos terminan saliéndose de control.
Casi todos manifiestan un contagio reactivo que los lleva a sacar el teléfono móvil para grabar un suceso; sin embargo, desprecian la acción solidaria de pedir auxilio para impedir que se materialice una tragedia.
A nadie parecen importarle las consecuencias que pueda sufrir alguna de las personas involucradas en un pleito.
Todos lucen drogados por sus emociones, convertidos en una especie de zombis; pero, después del triste desenlace, todos se afanan en pedir la palabra para ofrecer su versión de un episodio que pudieron haber contribuido a detener.
El aspecto cruel, a manera de ritos satánicos, se deja ver sin remordimientos en los rostros de testigos acostumbrados a teorizar sobre un supuesto amor al prójimo.
Sin embargo, a la hora de asumir un rol de interceder para garantizar la armonía y la paz, terminan haciéndose partícipes, por indiferencia, de la acalorada intolerancia.
Cada momento de la vida cotidiana, la realidad deprimente golpea como un suave viento que trae el sorpresivo desengaño del desamor y del «nada me importa», ante una mirada colectiva que contempla un relato sangriento en el pugilato entre dos individuos apegados al egocentrismo.
La irresponsabilidad social, en perjuicio de los servicios de emergencia y de los mecanismos de asistencia pública, no pertenece solamente a las autoridades, sino también a los ciudadanos que se desconectan de las expresiones básicas de la convivencia.
Por consiguiente, en la actualidad vivimos en entornos densamente poblados y, contradictoriamente, somos desconocidos entre vecinos.
