Por Hilario Ramirez
Toda persona, bajo un proceso de crecimiento biológico y educativo, por más contestatario que sea el estilo de vida aprendido de su entorno mediático, tendrá que aceptar su responsabilidad civil de acatar el marco jurídico que regula la convivencia entre los ciudadanos.
Ante la vergüenza provocada por las intenciones y expresiones vertidas por Santiago Matías en contra de Julieta Tejada, se comprobó mi tesitura previa acerca del síndrome descerebrado que afecta a una gran cantidad de jóvenes y adultos que intentan legitimar la irreverencia, el irrespeto y las manifestaciones salpicadas de violencia.
Al carecer de capacidad discursiva para debatir mediante el arte de argumentar con base en datos y fundamentos científicos, el individuo que se siente acorralado suele recurrir a personalizar sus recursos ofensivos en desmedro de quien intenta ayudarlo a desarrollar su personalidad.
El país tropezó con el desengaño de verse reflejado en el espejo manipulador de personas que se creen influencers, cuando el iletrado Ángelo Vásquez, con intenciones de obtener una encomienda financiada, siguió el juego a extranjeros megamillonarios a cambio de pisotear la dignidad de otros extranjeros que, por las desgracias de un destino injusto, duermen entre cambronales y sembradíos de bananos, llegando incluso a recorrer cientos de kilómetros hasta un destino final donde se les facilita como única alternativa una forma de mano de obra esclavista.
Hoy, en materia política, nuestro territorio vive la cruda realidad de un mercado persa repartido entre actores de la administración del Estado, quienes, según la percepción de amplios sectores de la sociedad, saquean el erario en cada cuatrienio y se burlan de contribuyentes que quedan desamparados, pero son invitados a continuar sufragando a favor de quienes han sido señalados como responsables de prácticas corruptas.
Este constituye uno de los principales contrastes que han motivado a muchos electores a desconfiar de la politiquería de cualquier organización política en la República Dominicana.
Los dominicanos pudieron preguntarse y responderse, en directo y en tiempo real, el porqué del sobrenombre «Alofoke».
Una denominación que, según su interpretación, se vale de su significado para promover la sedición, así como formas de comunicación que pueden provocar violencia.
A pesar del descrédito ganado por los partidos tradicionales, las personas que aún conservan su capacidad académica para discernir habrán de utilizarla con el propósito de impedir que los sustitutos escogidos para desplazar a los corruptos gubernamentales terminen siendo otras personas sin educación ni temor a los preceptos sagrados.
Sobre todo, debemos procurar que quienes aspiren a representar a la sociedad estén alejados del desenfreno social que el urbanismo contemporáneo ha bautizado bajo el espíritu farandulero de los «influencers».
La democracia no puede limitarse a sustituir nombres o rostros.
Requiere ciudadanos
capaces de discernir entre la irreverencia convertida en espectáculo y el ejercicio responsable de la libertad dentro del marco jurídico del Estado.
