Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
Pareciera que, poco a poco, la sociedad no solo se corrompe, sino que también entra en un proceso silencioso de desgaste. Un desgaste que no siempre se ve, pero que se siente en la conducta, en las familias, en las relaciones humanas y hasta en la manera en que muchas personas enfrentan su propio futuro.
Desgastar a una persona significa hacer que, con el paso del tiempo, pierda energía, fuerza, paciencia, esperanza o ilusión. Y eso puede ocurrir como consecuencia de problemas constantes, conflictos familiares, dificultades económicas, decepciones, malos tratos o simplemente por vivir durante demasiado tiempo en ambientes que terminan agotando la mente y el cuerpo.
Hoy vemos señales de ese desgaste por todas partes.
Familias que han dejado de comunicarse. Jóvenes que, aun teniendo capacidad y talento, han perdido la ilusión de prepararse porque sienten que el esfuerzo no siempre es recompensado. Profesionales que trabajan incansablemente y terminan sintiéndose como un número más dentro de una sociedad que muchas veces valora más las apariencias que la preparación.
Una juventud preparada representa un futuro abierto a mejores oportunidades. Pero cuando a nuestros jóvenes se les roba la esperanza, se les destruye la disciplina o se les convence de que estudiar y prepararse no vale la pena, estamos desgastando el futuro antes de que llegue.
También debemos hablar de la salud mental y emocional. Mantener una mente sana es fundamental para enfrentar las dificultades de la vida. Una persona permanentemente sometida a presión, frustración, violencia, indiferencia o decepción termina perdiendo fuerzas, y cuando ese fenómeno se convierte en colectivo, el problema deja de ser individual para convertirse en un problema social.
Una sociedad que se desgasta diariamente no solamente lo hace por la falta de preparación. También se desgasta cuando convierte la vulgaridad, la violencia, la indiferencia y la falta de valores en algo normal.
Y esto también alcanza a nuestras mujeres. No se trata de juzgarlas, sino de preguntarnos qué está ocurriendo en una sociedad donde algunas han comenzado a considerar innecesaria la preparación, el sacrificio y el crecimiento personal porque existen caminos aparentemente más rápidos para alcanzar determinados beneficios o posiciones.
Cuando una sociedad comienza a sustituir el esfuerzo por el camino fácil, la preparación por la apariencia y los valores por conveniencias momentáneas, algo profundo comienza a romperse.
El verdadero peligro no es solamente que el ser humano se canse.
El verdadero peligro es que llegue un momento en que se acostumbre a estar cansado, a vivir sin ilusiones, a conformarse con poco y a aceptar como normal aquello que antes le habría parecido inaceptable.
Ese es el verdadero desgaste.
Y una sociedad desgastada puede terminar perdiendo, incluso sin darse cuenta, aquello que más necesita para sobrevivir: la esperanza, la dignidad, la educación y la capacidad de creer que todavía podemos construir algo mejor.
