Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
Cada vez que la Policía Nacional presenta casos delictivos en los que están involucrados jóvenes entre 15 y 25 años de edad, queda en evidencia una de las mayores debilidades de nuestra nación: el deterioro de la familia, las deficiencias del sistema educativo y la falta de acciones efectivas por parte de las autoridades.
Muchos jóvenes han optado por el camino que parece más fácil: tomar un arma, ya sea de fuego o blanca, salir a la calle y sembrar miedo, como si hubieran sido preparados para hacer daño. Lo más preocupante es la habilidad, la destreza y la planificación con las que ejecutan muchos de estos hechos. Da la impresión de que recibieron una formación para delinquir.
Entonces surge una pregunta que no podemos seguir ignorando: ¿terminará este país quedándose sin juventud?
Mientras tanto, los responsables siempre encuentran una excusa para justificar por qué no hacen lo necesario para impedir que nuestros jóvenes sigan siendo los principales protagonistas de la delincuencia.
Para muchos de ellos, la verdadera escuela ha terminado siendo la calle. Allí aprenden vandalismo, violencia, robos, atracos, consumo de drogas, abuso y una cultura donde el delito parece ofrecer más oportunidades que el estudio o el trabajo honrado.
La gran interrogante sigue siendo la misma: ¿quiénes son sus maestros? ¿Quiénes los reclutan, los convencen y los convierten en alumnos de esa universidad del crimen?
Si no respondemos esa pregunta con acciones concretas y no solo con discursos, seguiremos perdiendo a una generación que debió convertirse en el futuro del país y que hoy, lamentablemente, está siendo consumida por la violencia y la delincuencia.
Y cuando esos jóvenes caen abatidos en un enfrentamiento, son enviados a prisión o terminan en un cementerio, todos lamentan el desenlace. Pero muy pocos se preguntan quién los dejó llegar hasta allí.
Una sociedad que abandona a su juventud está construyendo su propia inseguridad. Cada joven que la delincuencia recluta es un estudiante menos en las aulas, un trabajador menos en las empresas y un ciudadano menos aportando al desarrollo del país.
La delincuencia no está ganando porque sea más fuerte; está ganando porque quienes tienen la responsabilidad de prevenirla han llegado tarde o, peor aún, nunca llegaron.
Seguimos perdiendo la juventud y el día que queramos recuperarla, quizá descubramos que ya no queda una generación que rescatar.
