Por: Marisela Gutiérrez
Ser sicario no es solo quitarle la vida a alguien.
También es intentar asesinar la honra, la moral y la integridad de un profesional honesto, ético y leal.
El sicario de la comunicación no dispara balas: dispara calumnias, manipulaciones, rumores y ataques disfrazados de opinión.
Actúa solo por intereses personales. No le importa a quién destruya, con tal de lograr su propósito.
Arruina imágenes, fractura familias, desestabiliza instituciones. Y lo más grave: muchas veces termina siendo su propio verdugo.
Quien se convierte en sicario mediático es, en el fondo, una persona despreciada, aunque intente convencer al mundo de lo contrario. Está dispuesto a arrastrarse, a degradarse, a soportar insultos, con tal de herir.
Su objetivo no es comunicar: es *dañar*.
No busca la verdad: busca eliminar a quien representa una amenaza para su pequeño ego.
No tolera a nadie que brille, que tenga valores, que le dispute el espacio que él cree que le pertenece por derecho propio.
Un sicario de la comunicación no es periodista.
Es un arma disfrazada de palabra.
