Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Decir “hay que cambiar” se ha vuelto una frase repetida hasta el cansancio.
Pero cambiar no es hablarlo, es demostrarlo.
Es tiempo de dejar de ser espectadores de la decadencia.
Cambiar la actitud, el comportamiento, y ser parte de las soluciones.
Sumarse a lo que construye, no a lo que destruye.
Dejar de lanzar críticas vacías y comenzar a ser ejemplo de lo que exigimos.
Muchos solo pasan por la vida, pero no dejan huellas.
Otros convierten la oscuridad en claridad, no con grandes gestos, sino con acciones reales.
Una palabra de aliento, una ayuda oportuna, una voz alzada por quien no puede hablar.
Hay que cambiar porque Dios nos dio una sola vida.
Una vida que se va sin retorno, sin reemplazo.
Y vivirla sin propósito es desperdiciar el mayor regalo.
Hay que cambiar porque el mal se disfraza de triunfo, pero su fin siempre es amargo.
Nadie ha sido feliz haciendo daño, aunque por momentos lo parezca.
Hay que cambiar. Y el momento es ahora.
