Por: Marisela Gutiérrez
«No escribo para agradar, escribo para que despierten.»
Una frase que antes se decía con ligereza, hoy se ha convertido en una excusa peligrosa.
«De algo hay que morir» y con eso, muchos justifican vivir mal, rápido y sin propósito.
Vicios, delincuencia, excesos, violencia, apatía.
Ya no es Dios quien decide cuándo termina la vida, son ellos mismos quienes juegan a extinguirla antes de tiempo.
Como si no importara vivir mucho o poco, como si el cuerpo fuera un objeto desechable y el alma, un accesorio que se apaga con una frase.
Esa mentalidad ha calado profundo, y lo peor es que ya no tiene edad ni género.
Niños, jóvenes, adultos: todos repiten el mismo estribillo sin notar que están renunciando a la vida real.
Deciden cómo vivir y tristemente, cómo morir.
Pero la vida no es para acortarla, es para dignificarla.
Y mientras haya un respiro, siempre hay una oportunidad de cambiar el rumbo.
