Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
La muerte es ese momento sagrado en que Dios decide que te necesita en Su morada, y nada ni nadie puede evitar esa partida.
Es también el instante en que muchos, por primera vez en mucho tiempo, hablan con Dios. Algunos suplican que no es su hora, otros alegan que son muy jóvenes, que aún no han cumplido su misión en la tierra o simplemente, que no quieren morir.
Pero Dios ya nos ha dado todas las oportunidades mientras estamos vivos:
la oportunidad de ser buenos hijos, padres, madres, amigos. De elegir entre el bien y el mal,
De comportarnos como verdaderos hijos Suyos, aunque no seamos perfectos.
El problema es que el ser humano solo se acuerda de Dios cuando siente miedo o dolor.
Hablan con Él en medio de sus desgracias, pero lo olvidan en los días buenos.
Dios no quiere hijos perfectos, pero sí obedientes.
Y quiere que lo reconozcamos no solo en nuestras lágrimas, sino también en nuestros logros.
Porque todos somos sus hijos, pero no todos vivimos como tal.
