Por Hilario Ramírez
Hay personas contaminado de tanto ocio que ante tanta vagancia cerebral no pueden emplear su zona de razonar en términos de productividad lucrativa y por consiguiente prefieren ser comején del sudor ajeno.
A partir de la Era de la Ilustración, Dios permitió que cerebros brillantes compartieran con la sociedad sus conocimientos y, con ello, dejaran al libre albedrío la capacidad individual de higienizar su calidad de vida mediante el buen uso de esos principios, legados por la brillantez del pensamiento humano.
Descartes, con su máxima determinación acerca de la importancia de dudar antes de sellar una decisión comprometedora, estableció un principio que denominó Cogito, ergo sum:
«Pienso, luego existo».
En el mundo de la ciencia médica se filtran, al igual que en los afanes oportunistas de determinadas actividades políticas, intenciones malsanas que dejan huellas capaces de evidenciar prácticas corruptas.
La procura diaria por mantener un estado de salud saludable produce elevados niveles de incertidumbre, precisamente por la soterrada corrupción imbuida en el afán profesional de ciertos sectores del entramado médico por acumular fortunas sin demasiado esfuerzo, variando el formato del pensamientodelospacintes.
Dentro de la cadena comercial, algunos médicos prescriben tratamientos farmacológicos provenientes de laboratorios que les ofrecen incentivos o gratificaciones promocionales.
Esta práctica, cuando ocurre, puede generar conflictos de intereses que afectan la confianza del paciente.
En el trajín de las consultas y los respectivos diagnósticos, esos galenos redactan listados de alimentos que deben evitarse hasta conseguir reducir determinados niveles de grasas y triglicéridos presentes en la sangre.
Paradójicamente, esa misma comunidad médica puede encontrarse frente a poderes comerciales que industrializan productos relacionados con hábitos alimentarios perjudiciales para la salud de sus pacientes.
Mientras unos recomiendan moderar su consumo, otros intentan convencer a los consumidores de que no deben temer llevar determinados ingredientes a la mesa, asegurando que son inofensivos.
De igual manera se comportan algunas personas cuando deciden llevar un estilo de vida basado en las apariencias, descuidando ejercer con dignidad, dedicación y fidelidad aquello que se han trazado como meta.
Prefieren pagar a otros para que realicen una tesis sobre un tema del cual el propio pagador apenas conoce sus interioridades.
Luego de graduarse, algunos terminan llenándose de frustración o resentimiento al enterarse del triunfo de un conocido que, paradójicamente, dispone de escasos recursos económicos.
Siempre se ha dicho que el tiempo es oro, pero la mayoría de las personas no comprende la verdadera envergadura de ese concepto.
Usted, con dinero y petulancia, puede sentir envejecido su cerebro y, frente a esa percepción de la realidad, terminar despreciando al pobre por su capacidad de crecer sin miedo a los obstáculos.
Mientras tanto, ese aire de grandeza construido mediante su propio proceder lo conduce a formular interrogantes para descubrir cómo fue posible que aquel humilde conocido alcanzara la cúspide del éxito.
Los sentimientos de envidia pueden detectarse tanto en la negación de la empatía como en la efervescencia de una amistad fingida, cuya exagerada manifestación de cariño abre una ventana visible para que quien recibe ese afecto empalagoso comience a dudar y sentirse confundido.
Las emociones que irradia una interacción malintencionada pueden llegar a dañar la salud incluso más que una alimentación desequilibrada.
Alguien, por ignorancia, puede equivocarse al no saber combinar adecuadamente los alimentos, los cereales y las grasas; sin embargo, eso no significa necesariamente que su salud esté condenada a una muerte prematura.
Al contrario, aquellos ilusos que han caído en la trampa del consumismo como estrategia psicológica para inducir al despilfarro aceptan probar bocadillos regalados sin preguntarse con cuáles condimentos, sustancias adictivas o intenciones fueron preparados.
Un viejo dicho asegura que «lo barato sale caro». Por eso, dudar como escudo de protección puede hacerte más fuerte y resiliente, permitiéndote llegar a tu destino sin importar los harapos que vistas, siempre que tu cerebro disfrute de una oxigenación propia, emanada de tu buen criterio, y nunca dependa del «qué dirán» de los envidiosos vestidos con lujosos trajes, pero frustrados por su propia pobreza de pensamiento.
