Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
Parecería increíble decirlo, pero el dinero, aunque muchos no lo crean, tiene más problemas de los que imaginamos.
Es el más deseado, el más buscado, el más manipulado y, muchas veces, el peor administrado. Lo codician, lo persiguen y hasta hay quienes son capaces de perder sus principios con tal de obtenerlo.
Al dinero se le da buen uso y también mal uso.
Puede convertirse en una herramienta para ayudar, construir y transformar vidas, pero también puede ser utilizado para comprar voluntades, alimentar ambiciones y justificar acciones que, en otras circunstancias, jamás serían aceptadas.
Y qué decir de cuando se siente devaluado. Entonces también lo botan, lo cambian, lo sustituyen y dejan de darle el mismo valor que antes.
Si lo miramos detenidamente, el dinero se parece demasiado a la sociedad.
A la gente también se le desea, se le busca, se le utiliza y, en ocasiones, se le desecha cuando deja de ser útil. Hay personas que son valoradas por lo que tienen y no por lo que son. Otras son abandonadas cuando ya no pueden ofrecer ningún beneficio.
El dinero cambia de manos constantemente, pero también cambia de significado dependiendo de quién lo tenga.
En manos de una persona honesta puede convertirse en una oportunidad; en manos de alguien sin escrúpulos puede convertirse en poder, corrupción o destrucción.
Quizás el problema nunca ha sido el dinero.
El verdadero problema está en lo que somos capaces de hacer por conseguirlo y en lo que estamos dispuestos a perder después de tenerlo.
Porque el dinero puede comprar una casa, pero no necesariamente un hogar; puede comprar compañía, pero no lealtad; puede comprar comodidad, pero no tranquilidad.
Y mientras seguimos diciendo que el dinero tiene demasiados problemas, quizás deberíamos preguntarnos algo más incómodo:
¿Cuántos de nuestros problemas comenzaron cuando decidimos ponerle precio a lo que nunca debió estar en venta?
Porque al final, el dinero no tiene valores ni principios.
Los valores y los principios los tenemos nosotros y también somos nosotros quienes decidimos en cuánto estamos dispuestos a venderlos.
