
Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Hay experiencias que no necesitan grandes lujos para convertirse en recuerdos inolvidables. Una de ellas es llegar hasta Isla Saona y encontrarse con la esencia más auténtica del dominicano.
Ver a cientos de dominicanos haciendo turismo interno, llegando hasta esta hermosa isla, disfrutando de sus aguas, de sus paisajes y de cada rincón, deja una sensación difícil de explicar.
Porque también tenemos derecho a disfrutar lo nuestro.
El dominicano merece conocer sus playas, sus ríos, sus montañas, sus islas y cada uno de los atractivos naturales que Dios y la naturaleza le regalaron a la República Dominicana. No todo puede ser viajar al extranjero para sentir que estamos disfrutando de unas buenas vacaciones.
En Isla Saona se podía sentir esa alegría tan nuestra: amigos y familiares compartiendo, bailando, brindando, disfrutando de diferentes variedades de comida y sobre todo, haciendo lo que mejor sabemos hacer: disfrutar la vida aun cuando no todo sea perfecto.
Pero hubo algo que llamó aún más mi atención: la forma de ser del dominicano.
Gente alegre, colaboradora, solidaria y desprendida. Personas que quizás no se conocen entre sí, pero que terminan compartiendo una sonrisa, una conversación, un baile o simplemente un momento de felicidad.
Eso también es turismo.
Turismo no es solamente conocer un lugar; es vivirlo, sentirlo y llevarse una experiencia. Y cuando esa experiencia se comparte entre familiares y amigos, se convierte en algo mucho más grande: se convierte en memoria.
Isla Saona nos recuerda que tenemos un país extraordinario y que debemos aprender a conocerlo, valorarlo y protegerlo.
Porque muchas veces soñamos con conocer el mundo sin darnos cuenta de que tenemos un mundo maravilloso aquí mismo, en nuestra propia tierra.
El dominicano no necesita salir del país para sentirse turista. A veces solo necesita mirar a su alrededor y descubrir que el paraíso también tiene su bandera.
