Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Pareciera una paradoja decirlo, pero es una realidad que la historia confirma una y otra vez: el camino de la ambición suele estar marcado por el sufrimiento de personas inocentes.
Cuando la ambición deja de ser el deseo legítimo de superación y se convierte en una obsesión por el poder, el dinero o el protagonismo, desaparecen los límites. En ese recorrido, muchos son utilizados, engañados, sacrificados o simplemente ignorados para que otros alcancen sus objetivos.
Las víctimas casi nunca son quienes toman las decisiones. Generalmente son ciudadanos comunes, trabajadores, familias y personas que solo intentan vivir con dignidad. Son ellos quienes terminan pagando el precio de las ambiciones ajenas.
La ambición desmedida no distingue rostros ni historias. Avanza sin mirar a quién hiere, dejando a su paso heridas que muchas veces tardan años en sanar.
