Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Es triste admitirlo, pero es una realidad visible: en muchos casos, a la población no parece interesarle que se erradiquen de raíz las estructuras delincuenciales que afectan a la sociedad.
Hablar de empresas delictivas no es exagerar. Hoy día existen estructuras” bien organizadas: sicariato, asaltos, atracos, robos y hasta crímenes como los feminicidios, que se repiten con una frialdad que demuestra que no son hechos aislados, sino patrones.
Lo más preocupante es que, solo cuando alguien cercano sufre las consecuencias, es que se alzan voces pidiendo justicia. Mientras tanto, gran parte de la sociedad guarda silencio, se acomoda o simplemente normaliza lo inaceptable.
Y las autoridades, muchas veces, se convierten en cómplices silenciosos: por omisión, por corrupción o por incapacidad. No se ponen de acuerdo, no coordinan esfuerzos y terminan siendo parte del mismo sistema que mantiene al país secuestrado por la inseguridad.
La pregunta es: ¿hasta cuándo?
Hasta que todos entendamos que el crimen no distingue clase social ni partido político.
Hasta que la población deje de reaccionar solo cuando le toca.
Hasta que los que están llamados a proteger no sigan mirando hacia otro lado.
El país necesita voluntad real, acción conjunta y cero tolerancia.
