Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Es una pregunta que me hago a diario.
Vivimos en un país donde los gobiernos aseguran invertir millones en seguridad ciudadana, en programas de protección, en control vial,inversiones que muchas veces el pueblo no ve, pero que figuran en los presupuestos nacionales.
Y entonces, vemos la realidad:
Jóvenes muriendo cada día en motocicletas, sin casco, sin licencia, sin seguro, sin placa, y peor aún, sin intención alguna de cuidarse. Carreras clandestinas, imprudencias, desafíos a la muerte como si su vida no tuviera valor.
¿De qué sirve tanto esfuerzo del Estado si la ciudadanía no cumple con su rol?
La juventud en muchos casos ya decidió cómo y dónde morir, sin importar cuántos inocentes arrastren consigo en sus travesías suicidas.
Sí, el gobierno tiene el deber de proteger, pero también hay que preguntarse:
¿Ellos quieren ser protegidos? ¿Están dispuestos a colaborar?
Hablar de seguridad vial en un país donde gran parte de los conductores violan las reglas por decisión propia, es hablar de un sistema que sangra recursos mientras algunos no quieren salvarse.
La seguridad no es solo un deber del Estado.
Es una responsabilidad compartida, y mientras el ciudadano no entienda eso, no habrá presupuesto que alcance para cuidar a quien ya renunció a su propia vida.
